9 jul. 2010

raein.

El oxígeno sencillamente no alcanzaba, las paredes se encerraban sobre sí mismas, el marco de la puerta clavaba su frialdad como cuchillos en su espalda.
Las voces que provenían del comedor eran ajenas a su presencia y discutían acaloradas temas de dolor e indiferencia. Ella descansaba la cabeza del otro lado, de pie, firme, esperando la bala que nunca llegaba.

-... pero no me podés decir esto ahora! -
- .., qué querés que haga! -
- ... podrías haberlo pensado antes... -
- ... había llegado temprano, y lo encontré así... -
- ...no sabía qué hacer... -
- ...muerto...-

El impacto le sacó el aire de los pulmones y de pronto su garganta se cerró. Sentía aquella mano invisible presionando su cuello, ahogándola. Las lágrimas comenzaron a fluír solas. Nunca rompió el silencio. Nunca.