14 sep. 2010

monochrome.

Ya tengo aquel trabajo por el cual a tanta gente olvidé. Ya tengo ese pequeño y pintoresco departamento por el cual tanto tiempo embargué. Ya lo tengo. Ya ese cuadro de Monet ocupa una pared entera de mi estrecho cuarto. Ya.
Y bajo los mismos tres escalones hasta el patio central, y con cuidado cruzo el matorral de macetas resquebrajadas. El mismo chirrido me recibe todos los días, y parto, lejos, hacia otra estrecha oficina.
Tal vez hoy los colores sólidos me cansen. Tal vez hoy decida otra cosa. Sin embargo, todo tira, todo tensiona, todo me empuja.
Y ya acumulé una torre de libros que planeo leer, y sin embargo no leo, no leeré. Y admiro sus cubiertas y deslizo mis dedos sobre sus títulos. Y Monet me mira.
Calculé el tiempo libre. Lo dividí, lo fraccioné. Y sin embargo aún no miro esas películas que prometí una y mil veces mirar, y los actores envejecen y siguen ganando premios. No los conozco tampoco a ellos.
Dejé de lado los cuadernos con cálculos y cuentas extrañas y sostuve entre mis brazos el primer tomo de la enciclopedia. E inventé viajes, imaginé lugares exóticos, gente extraña, sabores embriagantes. Y sin embargo jamás me salí de las cuadras usuales. Jamás miré el cielo.
La bicicleta estaba oxidada.
La herrumbre caía y decoraba el patio, en una especie de curioso charco naranja.
Y me olvidé de vos, también.




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