18/12/2009

deux oiseaux.

Hicieron una estatua. De nosotros dos.
Las burbujas de jabón ahogaban el cielo de la plaza. Pero los niños reían. La gente decía que era nuestra culpa. Era contagioso.
Nuestras manos enlazadas bailaban al compás del viento. Berlín estaba hermosa esa tarde.
Las burbujas. Las risas.
Y el sol nos saludó, tal y como cualquier otro día. La brisa se transformó en graciosas ventiscas. Era contagioso.
Nuestro ojos buscaban. ¿Qué? Nada. Solo absorbían. Maravillas. Gente. Colores. Magia.
El mundo se había detenido. El sol se congeló iluminando nuestra estatua. El viento sostuvo, con temblores, las pequeñas burbujas que aún revoloteaban por allí. El verde del césped gritó con fuerzas. Era tan contagioso. La luz de tu sonrisa me cegó. Como tantas veces lo había hecho.
Y la vida me explicó la perfección. Imperfecta.






27/11/2009

le cercle de vie.

"Ven, Wilkilén, siéntate a mi lado -le había dicho Vieja Kush-. Voy a contarte de una que, a partir de esta noche, será mi hermana y compañera eterna. No te asustes cuando escuches su nombre; ni la culpes por hacer lo necesario. ¿Conoces a alguien a quien le agrade comer manzanas que pendan años y años de los árboles? Tampoco lo conozco yo. Y dime, ¿cómo nacerían manzanas nuevas si las que ya cumplieron con lo suyo no dejaran sitio en las ramas? ¿Podríamos tú y yo ser viejas al mismo tiempo? ¿Quién le enseñaría a quién? La hermana muerte carga con una tarea que todos comprenden pero pocos perdonan. Sin ella, los hombres no mirarían el cielo en las noches claras. Tampoco cantarían. Sin ella, no existirían ni el suspiro ni el deseo. Sin ella nadie en este mundo se ocuparía de ser feliz."








Liliana Bodoc - Los días de la sombra (La Saga de los Confines)





Andreas Allgeyer Photography.

Dedicado a Kuy-Kuyén, de Wilkilén ♥

03/11/2009

les chroniques d'aventures.

El suelo de madera vieja crujió bajo sus pies.
Se detuvo unos segundos, suspendida a mitad de camino, con el rostro atento y expectante. Escuchó con atención. La casa parecía no haber notado esa interrupción, y la calma seguía inmutable. Dejó escapar un suspiro mudo, y continuó dando pasos pequeños y callados.
El salón estaba completamente oscuro. La noche había engullido la casa hacía ya unas horas, y solo el brillo tenue y blanco de la luna irrumpía por una de las ventanas sin cortinas. La casa crujía toda, vieja como era, al son de la brisa nocturna. Más de una vez su madre le había contado historias infantiles y perturbadoras sobre esa casona y, en particular, de los fantasmas que en ella habitaban. No pudo evitar sonreír. Y unos escalofríos subieron por su espalda.
Dio otro paso.
Uno de los volados de su camisón de seda le hizo cosquillas a la altura de la rodilla. La luz de la luna bañaba por completo la pintura resquebrajada del cuadro colgado en la desnuda pared, otorgándole un aspecto más siniestro aún. Una de las ventanas se quejó cuando la brisa la entornó levemente. La cortina, de inmediato, comenzó a danzar, libre del polvo y encierro.
Continuó caminando en puntillas.
Repasó una vez más el cuento que Miguel les había relatado con tanto teatro esa tarde a ella y a los demás niños del pueblo. Y recordó el brillo fascinado en los ojos de Pedro. Los demás la habían mirado con desprecio y, algunos, con temor. Pero él se había acercado. Él le propuso la aventura.
Y ahora, mientras se acercaba con deseo a la puerta que siempre estaba con llave en esa casona antigua -como su dueña-, tomó conciencia de lo increíble del asunto. Encontraría la llave y luego podrían, Pedro y ella, abrir el cofre secreto, que estaba siempre, inmutable, sobre el tocador de su abuela. Y descubrirían el mayor tesoro de sus vidas.
Sonrió, con ojos achispados y mejillas sonrosadas.

Jennifer Alder Photography.

29/10/2009

histoires minimales.

Había una vez un hombre que no sabía lo que era la vida. Tenía la misión de conocerla y aprender cada uno de sus aspectos. Visitó una ciudad, para conocer a los hombres y mujeres que la habitaban. Descubrió la falta de educación de los conductores. Y la indiferencia. Vio el hambre personificada en un cuerpecito de cinco años y tres dientes. Y el odio en un asalto. Percibió el aroma del azufre y la humedad al caminar cerca de un incendio. Escuchó los gritos de una humanidad agonizante. Lloró. Y descubrió el sabor salado de la derrota.



Había una vez una mujer que componía música para cajitas. Tenía la misión encontrar la inspiración perfecta para su nueva melodía. Visitó una pintoresca ciudad, para buscar rincones y secretos asombrosos. Descubrió las hojas que caían de los árboles con suaves piruetas. Y el derroche de color de los balcones rebosantes de flores. Vio un torbellino de risas y sonrisas en una fiesta de cumpleaños. Y el sol reflejado en el río. Percibió el dulce aroma de los jazmines en flor al pasar cerca de un parque. Escuchó el trinar de un pájaro. Sonrió. Y sintió el aire llenar sus pulmones.


Había una vez un hombre, que se encontró con una mujer que sonreía. Y respiraba.
Había una vez una mujer, que descubrió a un hombre triste y abatido. Y que lloraba.
Había una vez una melodía de una cajita de música, que era perfecta, porque cantaba sobre el amor.
Había una vez.



Sundew Photography.

18/10/2009

la vie.

Velita inicial

Adagio

Ardiente y despojado tiembla, erguido
pétalo convocante, que en la mira
es penacho de un pulcro tallo unido
a un gordo y dulce bulbo de mentira.

Es la luz unitaria del sentido
de Susana y Horacio, que en la pira
sus entregas de amor han ofrecido.
(Marina pareciera que suspira).

Comparte la familia agradecida
el primer cumpleaños de su vida
que ya promesas de la gracia amaga.

Y la ascética flor del cirio alumbra,
como guía que atrae en la penumbra
hasta que el soplo del ritual la apaga.

Monumento

Allegro

¡Felicidad Marina! El coro exclama
la augural alegría del momento;
la puslión de la fiesta va en aumento
en cuanto el rito canceló la llama.

Y cuando ceda en su divertimiento
de manera en que el ánfora derrama,
aceptaré el ocaso de la trama
al hacer de Marina el monumento.

Porque su gracia empapa mi babero;
porque me muestra su primor primero
que su rosa de beba está completa;

porque al reírse prende una luz nueva;
porque al moverse logra que me mueva;
porque es preciosa y, en fin, porque es mi nieta.



Zurich, 8 de octubre de 1991.
Lorenzo Juan Maffeo

10/10/2009

l'âge d'innocence.

Contó los días. Uno, dos, quince, veintitrés.
Observó las estaciones. Primavera, verano, otoño, invierno, y otra vez, primavera.
Analizó con detenimiento el metro que tenía colgado en la puerta de su armario. Un metro veinte, un metro treinta y dos, un metro sesenta.
Y se preguntó cuándo había sucedido todo esto.
Miró por sobre su hombro, y se descubrió jugando con sus -oh, tan amadas!- muñecas, sentada sobre el astilloso piso de madera de su antigua casa.
Escuchó nuevamente el crujido de la escalera desvencijada. Husmeó, otra vez, los rincones de la habitación a la cual le habían prohibido entrar. Se ahogó con el perfume de los jazmines, que estallaban todas las primaveras en su pequeño y rústico patio. Saboreó las tortillas de papa que su abuela cocinaba todos los miércoles y viernes.
Y la tristeza y la alegría se le mezclaron en un remolino de colores.
¿Cuándo había crecido?



Sara Photography.

06/10/2009

la fin de l'histoire.

Le gustaba pensar que los finales felices se escribían solos.
Oh, no desperdicies tu imaginación, pequeña golondrina.




Marie Hochhaus Photography.